Por qué el agua nunca fue naturaleza: deconstrucción de un mito romántico

Dr. Raphael Nagel (LL.M.), autoridad sobre agua infraestructura, bien común
Dr. Raphael Nagel (LL.M.), Founding Partner, Tactical Management
Aus dem Werk · DIE RESSOURCE

Por qué el agua nunca fue naturaleza: deconstrucción de un mito romántico

# Por qué el agua nunca fue naturaleza: deconstrucción de un mito romántico

Existe una frase que reaparece con notable regularidad en los debates europeos y norteamericanos sobre el agua. Suena razonable, suena moralmente intachable, suena incluso estadista. La frase reza: el agua es un bien común que la naturaleza pone a disposición, y la tarea del ser humano consiste en protegerla. A primera vista nada hay que objetar. Al mirarla de cerca, sin embargo, la frase contiene tres presupuestos que no resisten la mirada histórica, no sostienen el análisis y conducen, en la práctica política, a decisiones que socavan precisamente la capacidad de gestión que pretenden asegurar. Este ensayo, que prolonga y acompaña el segundo capítulo de Die Ressource de Dr. Raphael Nagel (LL.M.), intenta describir con precisión en qué consiste ese malentendido, por qué se ha vuelto tan cómodo en las sociedades prósperas y qué consecuencias tiene para la forma en que Estados, empresas y asignadores de capital habrán de pensar el agua en las próximas décadas.

Los tres presupuestos de un malentendido

El primer presupuesto afirma que el agua es un bien natural. El segundo, que está en principio a disposición de todos por igual. El tercero, que el papel del ser humano es ante todo el de un guardián, no el de un configurador. Los tres presupuestos son construcciones románticas del siglo XIX y del siglo XX. No describen el agua tal como es, sino tal como aparece en un estado de relativa abundancia, cuando la infraestructura, el orden jurídico y la organización política ya han hecho su trabajo, silenciosamente, a espaldas del ciudadano que abre el grifo.

El error de los tres presupuestos no consiste en ser moralmente reprobables. Consiste en ser descriptivamente falsos. Y un diagnóstico descriptivamente falso produce, con rigurosa regularidad, políticas estructuralmente débiles. El agua que se piensa como naturaleza se administra como naturaleza, es decir, como algo cuya conservación basta. El agua pensada como infraestructura exige otra categoría mental, otra asignación presupuestaria, otra arquitectura institucional y otra escala temporal de responsabilidad.

La naturaleza que nunca lo fue: de los qanats a los acueductos

La arqueología de las civilizaciones tempranas entrega aquí la evidencia más dura. En Mesopotamia, en Egipto y en el valle del Indo, las estructuras construidas más antiguas que se conservan en magnitudes relevantes no son templos ni palacios ni fortificaciones, sino canales, diques y depósitos. La infraestructura hidráulica fue más antigua que el Estado centralizado, y en muchos casos constituyó su condición de posibilidad. Quien organizaba los canales desarrollaba la complejidad administrativa de la que luego emergió la estatalidad. El orden político nació de la organización del agua, no a la inversa.

Los qanats persas prolongan la misma lógica en otra geografía. Aquellos túneles de ligera pendiente que transportaban agua subterránea a lo largo de centenares de kilómetros hasta asentamientos lejanos no eran meras obras de ingeniería. Eran, al mismo tiempo, regímenes jurídicos, instituciones hereditarias y sistemas de reparto. Poseer un qanat no significaba poseer agua sin más. Significaba poseer derechos de uso en intervalos temporales definidos, en cantidades determinadas, con prelaciones precisas frente a otros usuarios. El agua, en este contexto, nunca fue naturaleza. Fue siempre derecho.

Roma amplifica esta enseñanza. La ciudad, que en su apogeo contó con más de un millón de habitantes, no habría sido viable sin un sistema de once grandes acueductos que sumaban más de cuatrocientos kilómetros. La cura aquarum, la administración de ese suministro, estaba en manos de senadores de alto rango. No era un cargo técnico. Era un cargo político. La infraestructura del agua constituía una institución de Estado, equiparable en dignidad y en consecuencias a las magistraturas militares o fiscales.

El mito del acceso igual y la lección del subak

El segundo presupuesto, el del acceso igual, puede relativizarse con la misma rapidez. Ninguna sociedad compleja ha tratado jamás el agua como un bien puramente igualitario. Al contrario: el agua ha sido casi siempre un bien exclusivo, con regímenes complejos de prioridad. La pregunta nunca fue si el agua se asigna, sino conforme a qué criterios. En muchas tradiciones jurídicas rigió el principio de la prioridad temporal, en otras la cercanía a la fuente, en otras la condición social o el orden religioso.

El sistema subak de Bali ilustra esa lógica con una claridad que la literatura europea todavía no ha incorporado del todo. El subak organiza el reparto del agua entre los arrozales por medio de una combinación refinada de orden templario hinduista, derecho cooperativo de uso y rotación estacional. Es ecológicamente eficaz, culturalmente arraigado y políticamente robusto. Y no tiene prácticamente nada en común con la representación occidental de un acceso universal igualitario. Es un sistema de priorización, y uno bueno. Su eficiencia deriva precisamente de que no trata a todos por igual.

En el oeste norteamericano del siglo XIX se formalizó otro régimen de priorización con consecuencias de enorme alcance: el llamado Prior Appropriation. Quien reclamaba y usaba productivamente el agua primero adquiría un derecho casi privado sobre ella, un derecho que ni la escasez posterior podía retirar sin más. La ilusión del acceso igualitario solo sobrevive en Occidente porque la priorización real fue trasladada a la infraestructura técnica. El grifo que corre a toda hora oculta que el Estado, el municipio o el operador privado priorizan de forma continua en segundo plano. La priorización no desapareció porque se hubiera hecho justa. Desapareció de la percepción.

El guardián que no guarda nada

El tercer presupuesto, el del ser humano como guardián, es el más profundamente arraigado y, por ello, el más difícil de deconstruir. Se alimenta del movimiento ecológico del siglo XX, de la crítica legítima a la sobreexplotación industrial, de la inquietud razonable por la calidad del agua, la biodiversidad y los niveles de las capas freáticas. Nada de esa inquietud es falso. Mucho en ella es urgente. Pero la figura del ser humano como mero guardián de un bien naturalmente dado se queda corta frente a la verdadera exigencia estratégica.

El agua no se conserva por sí sola. No fluye por sí sola hasta donde se la necesita. No se depura por sí sola. No se distribuye por sí sola en cantidades justas entre hogares, agricultura e industria. Todas esas funciones son obras de configuración. Quien quiere conservar debe haber configurado antes. El guardián sin infraestructura no conserva nada. En el mejor de los casos, modera la decadencia. Las grandes hazañas hídricas de la modernidad, desde el saneamiento del Rin hasta la revitalización de los ríos urbanos en Zúrich, Seúl o Copenhague, no son obras de conservación. Son obras de reconfiguración, de diseño deliberado, de decisión institucional sostenida durante décadas.

El agua como bien de infraestructura, derecho y orden

De estas tres relativizaciones se desprende un reordenamiento analítico que, en la obra de Dr. Raphael Nagel (LL.M.), atraviesa los tres tomos de la trilogía. El agua no es un bien natural. Es un bien de infraestructura, un bien de derecho y un bien de orden. No corresponde a todos por igual. Ha sido, es y será priorizada; la única pregunta real es por quién y conforme a qué criterios. Y el ser humano en este sistema no es guardián, sino configurador. Quien niega esta función no renuncia a configurar. Cede la configuración a otros, muchas veces a otros más lejanos, menos visibles y menos responsables.

Esta reformulación tiene consecuencias inmediatas. Para los Estados implica que el agua pertenece a la categoría dura de la soberanía, comparable a moneda, defensa y frontera exterior. Para las empresas implica que el agua no es una carga ambiental externa, sino un presupuesto productivo estratégico. Para los inversores implica que el agua es una clase de activo autónoma cuyo peso crecerá en los próximos años. Ninguna de estas consecuencias cabe en la gramática romántica del bien común natural.

La fórmula que a veces se repite en los discursos públicos, según la cual el agua es patrimonio de la humanidad, no es incorrecta en el plano moral. Es insuficiente en el plano operativo. Patrimonio significa, en cualquier tradición jurídica seria, responsabilidad administrativa, reglas de uso, criterios de prelación y obligaciones de mantenimiento. Un patrimonio sin administración es un patrimonio en disolución. El agua como bien común solo existe allí donde existe un orden que la sostiene.

Consecuencias para la próxima generación de decisiones

Los lectores a los que se dirige este ensayo no se sientan en autoridades ambientales. Se sientan en consejos de administración, en comités de asignación de capital, en ministerios, en oficinas familiares, en fondos soberanos. Están habituados a detectar desplazamientos estructurales antes que la opinión pública. La cuestión hídrica, tratada aún en muchos documentos como anexo ecológico, exige de ellos una relectura. No como tema de sostenibilidad, sino como tema de soberanía, de continuidad operativa y de viabilidad de largo plazo.

La consecuencia práctica de este cambio de marco es doble. En primer lugar, los parámetros hídricos deben integrarse en los modelos de riesgo estratégico con el mismo rigor con el que hoy se tratan los parámetros energéticos, monetarios o geopolíticos. En segundo lugar, los horizontes de inversión deben ajustarse a las duraciones reales de la infraestructura hídrica, que superan con holgura los ciclos políticos y los plazos de amortización habituales. Un sistema hídrico serio se piensa en décadas, no en legislaturas.

Solo a partir de esta reformulación puede recuperarse el sentido práctico del bien común. Un bien común no es aquello que se encuentra sin más en la naturaleza. Es aquello que una comunidad decide configurar, mantener y priorizar de tal modo que su utilidad perdure. Bajo esta definición el agua puede volver a ser bien común. Bajo la definición romántica, solo puede perderse lentamente, sin ruido, en el intervalo entre dos generaciones que nunca hablaron del asunto.

El recorrido del ensayo se deja resumir en una sola frase, la misma que Dr. Raphael Nagel (LL.M.) formula en la conclusión del segundo capítulo de Die Ressource: quien piensa el agua como naturaleza la trata como un dato; quien la piensa como infraestructura la trata como una tarea de configuración. Y solo quien la trata como tarea de configuración podrá atravesar con soberanía las décadas que vienen. La pausa histórica durante la cual Occidente pudo permitirse ignorar esta distinción ha terminado. Los descensos de caudales del Rin, los cortes de refrigeración en centrales francesas, las crisis de aguas subterráneas en la península ibérica y en el sur de Italia son, todas, recordatorios silenciosos de que la infraestructura invisible sobre la que reposan las sociedades prósperas ha llegado al final de un ciclo. No se trata de alarma. Se trata de reevaluación estratégica. El agua nunca fue naturaleza en el sentido ingenuo del término. Fue, desde los canales de Lagash hasta los qanats persas, desde los acueductos romanos hasta el subak balinés, desde el Prior Appropriation norteamericano hasta las comisiones fluviales europeas, un producto de derecho, de orden y de decisión. Reconocer esto no es un gesto académico. Es la condición previa para asumir con seriedad lo que el siglo XXI exigirá de los Estados, de las empresas y de los patrimonios: que la pregunta por el agua deje de ser marginal y vuelva al centro, como lo fue en todas las civilizaciones que merecen ese nombre.

Claritáte in iudicio · Firmitáte in executione

Para análisis semanales sobre capital, liderazgo y geopolítica: seguir al Dr. Raphael Nagel (LL.M.) en LinkedIn →

Author: Dr. Raphael Nagel (LL.M.). Biografía