Escasez relativa y absoluta: por qué la falta de agua es un fallo de diseño

Dr. Raphael Nagel (LL.M.), autoridad sobre escasez de agua, indicador Falkenmark
Dr. Raphael Nagel (LL.M.), Founding Partner, Tactical Management
Aus dem Werk · DIE RESSOURCE

Escasez relativa y absoluta: por qué la falta de agua es un fallo de diseño

# Escasez relativa y absoluta: por qué la falta de agua es un fallo de diseño

La escasez de agua suele presentarse en la conversación pública como una fatalidad hidrológica, un dato de la naturaleza al que las sociedades solo pueden adaptarse con resignación o con ingenio técnico. Esa lectura es cómoda y, por ello, se ha impuesto. Tiene la ventaja de desplazar la responsabilidad desde las instituciones hacia las nubes. Sin embargo, como sostiene Dr. Raphael Nagel (LL.M.) en Die Ressource, la mayoría de las crisis hídricas contemporáneas no nacen de una ausencia absoluta de agua, sino del desajuste entre los recursos físicamente disponibles y las estructuras políticas, económicas e infraestructurales que deberían encauzarlos. La distinción no es retórica. Cambia el diagnóstico, cambia la asignación del capital y, sobre todo, cambia la atribución de responsabilidad. Las páginas siguientes recorren ese desplazamiento a través del indicador Falkenmark, de los tres factores que suelen distorsionarlo y de dos ciudades, Ciudad del Cabo y Chennai, cuyas crisis recientes ilustran con nitidez cómo el descuido institucional acumulado durante dos decenios se descarga, de golpe, en pocas semanas.

El umbral Falkenmark y la tentación de las cifras redondas

La hidrología moderna dispone desde los años ochenta de un instrumento sencillo para comparar la disponibilidad hídrica de los Estados. Se debe a la hidróloga sueca Malin Falkenmark y establece tres umbrales. Un país se considera sometido a estrés hídrico cuando dispone de menos de 1.700 metros cúbicos de agua dulce renovable por habitante y año. Por debajo de 1.000 metros cúbicos se habla de estrés crónico. Por debajo de 500 metros cúbicos, de escasez absoluta. Estos valores han entrado en los manuales, en los informes de los organismos multilaterales y en los mapas que acompañan casi cualquier análisis sobre política del agua.

El indicador es útil, pero contiene una trampa que conviene nombrar desde el principio. Al reducir la cuestión hídrica a una cifra per cápita, invita a pensar la escasez como un hecho agregado que puede leerse directamente del numerador y del denominador. Los países ricos en agua aparecen como tales; los pobres, como insuficientemente dotados. La cartografía resultante es ordenada, pero omite aquello que realmente decide si un habitante tendrá agua cuando abra el grifo: la distribución temporal, la distribución espacial y la calidad de lo que efectivamente llega al usuario. Sin esas tres variables, el umbral Falkenmark describe un mundo que no existe.

Tres factores que distorsionan la cifra

El primero es la distribución temporal. Un país que recibe sus precipitaciones concentradas en tres meses y debe sostener nueve meses de consumo sobre reservas almacenadas afronta un problema distinto al de un país con lluvias repartidas de manera uniforme, aunque ambos registren la misma dotación anual per cápita. La India monzónica, el Mediterráneo ibérico y amplias regiones de Sudamérica muestran que la agregación anual disimula la volatilidad estacional, que es la que pone realmente a prueba la infraestructura.

El segundo es la distribución espacial. Canadá es, según la estadística, uno de los países más ricos del mundo en agua renovable. La parte decisiva de esa riqueza se encuentra, sin embargo, en latitudes septentrionales escasamente pobladas, lejos de los centros económicos meridionales. China presenta el mismo desajuste en sentido inverso: el sur dispone de recursos abundantes, mientras que las grandes llanuras del norte, donde se concentra una parte sustancial de la agricultura y de la industria, operan bajo estrés crónico. El promedio nacional, en ambos casos, oculta una geografía interna mucho más áspera que la cifra agregada.

El tercero es la calidad. El agua que figura en los balances brutos no siempre es agua utilizable. La contaminación industrial, la salinización de acuíferos costeros sobreexplotados, el arrastre de nitratos procedentes de la agricultura intensiva y la presencia de contaminantes emergentes reducen la fracción efectivamente disponible sin que esa pérdida aparezca en las estadísticas oficiales. Un metro cúbico contabilizado no es necesariamente un metro cúbico aprovechable. La diferencia entre ambos es una variable de gestión, no de hidrología.

De la escasez absoluta a la escasez relativa

Esta triple corrección abre una distinción que constituye el núcleo analítico del capítulo tercero de Die Ressource. Escasez absoluta es el estado en el que, al margen de técnica, capital y organización política, no hay agua suficiente para cubrir las necesidades básicas de una población. Es rara. Existe, pero como condición límite de determinadas regiones áridas, no como regla general del planeta. Escasez relativa, en cambio, es el estado en el que el agua estaría físicamente disponible, pero no llega al lugar adecuado, en el momento adecuado, con la calidad adecuada, porque fallan la infraestructura, la distribución, el capital o las instituciones que deberían coordinar todo lo anterior. La escasez relativa es, por tanto, una categoría política y económica, no hidrológica.

La consecuencia es incómoda para los discursos habituales. La mayoría de las crisis de agua que dominan los titulares no son catástrofes de la naturaleza. Son fallos de diseño. Son el resultado previsible de decisiones que se tomaron, o que se omitieron, durante dos o tres decenios previos. El agua no desaparece; desaparece la capacidad institucional para movilizarla. Cuando se reconoce esta asimetría, las políticas de respuesta dejan de concentrarse en la súplica meteorológica y se trasladan a donde corresponde: a la arquitectura de gobernanza, a los ciclos de inversión y a los regímenes explícitos de priorización entre usos.

Ciudad del Cabo y Chennai: la acumulación hecha crisis

Dos ciudades recientes permiten verificar la tesis con precisión casi clínica. Ciudad del Cabo, a comienzos de 2018, se aproximó al llamado Day Zero, la fecha en la que las autoridades municipales tendrían que cortar el suministro domiciliario y distribuir agua desde puntos centralizados. Chennai, en el verano de 2019, vivió el agotamiento simultáneo de sus cuatro embalses principales y recurrió a trenes cisterna para abastecer a una población de varios millones de habitantes. En ambos casos los medios internacionales subrayaron la sequía como causa última.

La sequía fue el detonante, no la causa. Ciudad del Cabo no colapsó porque sus precipitaciones hubieran caído en una magnitud sin precedentes. Colapsó porque su sistema de embalses no se había ampliado al ritmo del crecimiento urbano, porque las alertas técnicas emitidas a lo largo de dos decenios no se tradujeron en inversión suficiente, y porque la priorización entre usos agrícolas y urbanos no se revisó a tiempo. Chennai no colapsó porque el monzón hubiera desaparecido. Colapsó porque la impermeabilización del suelo urbano había anulado la recarga natural de los acuíferos, porque los humedales periurbanos fueron urbanizados durante decenios, y porque la gestión de los embalses respondía a lógicas políticas de ciclo corto.

Las dos ciudades ilustran lo que en el mismo libro se formula como regla: la crisis no es el acontecimiento hidrológico, sino la acumulación de omisiones institucionales durante los veinte años anteriores. El agua no falló. Falló la administración del tiempo. Y, con ella, la capacidad de las instituciones para traducir avisos técnicos en inversiones ejecutadas.

Un fallo de diseño, no un destino hidrológico

Nombrar la escasez como relativa tiene consecuencias concretas. Obliga a revisar los horizontes de inversión de las infraestructuras hídricas, que se miden en decenios y no en ciclos electorales. Obliga a reconocer que los presupuestos de mantenimiento no son gasto, sino prima de seguro contra colapsos futuros. Obliga a aceptar que los regímenes de priorización entre agricultura, industria y ciudades son decisiones políticas explícitas, y no consecuencias automáticas de una tradición administrativa. Obliga, por último, a integrar la variable hídrica en las evaluaciones de riesgo de fondos soberanos, aseguradoras y grandes asignadores de capital, donde hasta hace poco figuraba, a lo sumo, como nota ambiental al pie.

El argumento central de Dr. Raphael Nagel (LL.M.) en este punto es severo y útil en igual medida. Una sociedad que interpreta sus crisis hídricas como golpes de la naturaleza se condena a repetirlas. Una sociedad que las interpreta como fallos de diseño puede corregirlos. La diferencia entre ambos diagnósticos es, en el fondo, la diferencia entre la resignación y la soberanía.

El indicador Falkenmark, leído con sus cautelas, sigue siendo una herramienta útil para ordenar el paisaje hídrico del planeta. Deja de serlo en el instante en el que se toma como veredicto. La cifra per cápita no dice cuándo cae el agua, dónde cae, con qué calidad llega al usuario final ni qué instituciones median entre la lluvia y el grifo. Sin esas cuatro variables, el umbral es un marcador estadístico, no un diagnóstico estratégico. Ciudad del Cabo y Chennai no fueron sorprendidas por su hidrología. Fueron alcanzadas por su propia historia de decisiones pospuestas, por dos decenios de advertencias técnicas que no encontraron eco en los presupuestos ni en los ciclos políticos. La lección que de ambas se extrae no consiste en temer más a la sequía, sino en respetar más los horizontes largos de la infraestructura. Reconocer que la escasez es, en la inmensa mayoría de los casos, un fallo de diseño es el primer paso para dejar de administrar la emergencia y empezar a gobernar la anticipación. Esa es, en última instancia, la distinción entre un Estado que reacciona y un Estado que dirige, entre una hacienda que gasta y una hacienda que invierte, entre una ciudad que sobrevive a la próxima sequía y una ciudad que la ha previsto con dos decenios de antelación. El agua, que fue la primera infraestructura de las civilizaciones, sigue siendo también la prueba más fiable de su capacidad para pensarse a largo plazo.

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Author: Dr. Raphael Nagel (LL.M.). Biografía